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11/18/2009

"El grito", de Gabriela Mistral


América, América! ¡Todo por ella; porque nos vendrá de ella desdicha o bien!

Somos aún México, Venezuela, Chile, el azteca-español, el quechua-español, el araucano-español; pero seremos mañana, cuando la desgracia nos haga crujir entre su dura quijada, un solo dolor y no más que un anhelo.

Maestro: enseña en tu clase el sueño de Bolívar, el vidente primero. Clávalo en el alma de tus discípulos con agudo garfio de convencimiento. Divulga la América, su Bello, su Sarmiento, su Lastarria, su Martí. No seas un ebrio de Europa, un embriagado de lo lejano, por lejano extraño, y además caduco, de hermosa caduquez fatal. Describe tu América. Haz amar la luminosa meseta mexicana, la verde estepa de Venezuela, la negra selva austral. Dilo todo de tu América; di cómo se canta en la pampa argentina, cómo se arranca la perla en el Caribe, cómo se puebla de blancos la Patagonia.

Periodista: Ten la justicia para tu América total. No desprestigies a Nicaragua, para exaltar a Cuba; ni a Cuba para exaltar la Argentina. Piensa en que llegará la hora en que seamos uno, y entonces tu siembra de desprecio o de sarcasmo te morderá en carne propia.

Artista: Muestra en tu obra la capacidad de finura, la capacidad de sutileza, de exquisitez y hondura a la par, que tenemos. Exprime a tu Lugones, a tu Valencia, a tu Darío y a tu Nervo. Cree en nuestra sensibilidad que puede vibrar como la otra, manar como la otra la gota cristalina y breve de la obra perfecta.

Industrial: Ayúdanos tú a vencer, o siquiera a detener la invasión que llaman inofensiva y que es fatal, de la América rubia que quiere vendérnoslo todo, poblarnos los campos y las ciudades de sus maquinarias, sus telas, hasta de lo que tenemos y no sabemos explotar. Instruye a tu obrero, instruye a tus químicos y a tus ingenieros.

¿Odio al yankee? ¡No! Nos está venciendo, nos está arrollando por culpa nuestra, por nuestra languidez tórrida, por nuestro fatalismo indio. Nos está disgregando por obra de algunas de sus virtudes y de todos nuestros vicios raciales. ¿Por qué le odiaríamos? Que odiemos lo que en nosotros nos hace vulnerables a su clavo de acero y de oro: a su voluntad y a su opulencia.

Dirijamos toda la actividad como una flecha hacia este futuro ineludible: la América Española una, unificada por dos cosas estupendas: la lengua que le dio Dios y el Dolor que da el Norte. Nosotros ensoberbecimos a ese Norte con nuestra inercia; nosotros estamos creando, con nuestra pereza, su opulencia; nosotros le estamos haciendo aparecer, con nuestros odios mezquinos, sereno y hasta justo.

Discutimos incansablemente, mientras él hace, ejecuta; nos despedazamos, mientras él se oprime, como una carne joven, se hace duro y formidable, suelda de vínculos sus estados de mar a mar; hablamos, alegamos, mientras él siembra, funde, asierra, labra, multiplica, forja; crea con fuego, tierra, aire, agua; crea minuto a minuto, educa en su propia fe y se hace por esa fe divino e invencible.

¡América y sólo América! ¡Qué embriaguez semejante futuro, qué hermosura, qué reinado vasto para la libertad y las excelencias mayores!

1922. Santiago de Chile

5/31/2009

Ante una coleccion de esculturas egipcias (Hermann Hesse)


Miráis desde unos ojos esculpidos sobre piedras preciosas,
más allá de nosotros, silenciosos y eternos,
hermanos remotos.

Ni la añoranza ni el amor parecen conocer vuestros brillantes rasgos.
Regios y emparentados con los astros, antaño misteriosos,
caminasteis entre los templos.

Hoy flota santidad, como tardío aroma de los dioses,
alrededor de vuestras frentes, la dignidad en torno a las rodillas;
con serenidad respira vuestra hermosura, su patria es la eternidad.

Nosotros, sin embargo, vuestros hermanos jóvenes,
nos tambaleamos sin dioses a lo largo de una vida errabunda,
todas las torturas de la pasión, cualquier anhelo ardiente
están abiertos ávidamente al alma temblorosa.

Nuestro final es la muerte, vanidad nuestro credo,
nada alejado de la actualidad se opone a nuestra efigie suplicante.
Pero también nosotros, sin embargo,
tenemos grabadas en nuestras almas la huella de un misterioso parentesco,
intuimos los dioses y ante vosotras, mudas imágenes,
sentimos de los tiempos antiguos como un amor sin miedo.

Porque, sabed, no odiamos a ser alguno, ni a la muerte tampoco,
ni el sufrimiento ni la muerte aterra nuestras almas,
porque aprendimos a amar profundamente.

Nuestro corazón como el de un pájaro a mar y bosque pertenece,
y llamamos hermanos a los esclavos y a los miserables,
y a piedras y animales también, con nombres del amor.
De ese modo la imagen de nuestra vida efímera no ha de sobrevivirnos en la sólida piedra;
se desvanecerán mientras sonríen, y en el polvillo efímero del sol,
impacientes y eternos, cada hora
a nuevas penas y alegrías resucitarán.